Texto de Michele Pontolillo desde la cárcel de "La Dozza" Italia.

Tératos


Quien sabe por qué me había convencido que al final de un sufrido peregrinaje carcelario me habría esperado un largo periodo de merecido reposo y con esto no pretendo un “no hacer nada” de los poetas, sino mas prosaicamente la posibilidad de compartir el espacio social común con millones de seres humanos lejos de cárceles, tribunales y comisarías.


Tendría que haber sospechado que alguno no habría agradecido verme circular libremente por las calles, respirar el aire del mundo o calentarme con el sol de los vivos. Porque, se sabe, que otro aire se respira en la cárcel y otro sol declina sobre los prisioneros. Tendría que haber previsto que la policía política -o bien el sector de la policía que se dedica a la persecución de las ideas políticas y de quien las profesa, contrarias y opuestas a las de los gobernantes- habría utilizado tiempo y recursos para controlar y reenviar a la cárcel a un canalla como yo.   
        
Ignorar su presencia ha sido siempre mi modo de manifestar el desprecio que se ganan día a día.                       
Con la distancia y la lejanía de la realidad que el aislamiento puede favorecer, he intentado reconstruir los hechos que han concluido con mí actual carcelación, de pegar todos los elementos, que primero parecen caras desconectadas y en definitiva adquirir una visión completa y general de lo sucedido, para tener a disposición un objeto fácilmente reconocible y teóricamente observable.
        
Sin tener la intención de seguir un riguroso orden reflexivo, la primera consideración sobre la que razonar deriva de la perfecta convergencia, unilateralidad y univocacidad de actuación de la policía, magistrados, medios de desinformación y de la indiferencia de las masas.     

Cuando un vicecomisario de la  DIGOS, emule del reprobo Joe Petrosino (el más esbirro de los esbirros que la historia haya visto), apretaba alrededor de mis muñecas las gélidas esposas, ya sabía, deus ex machina , que sucedería a partir de ese momento: la severidad del juez formulada en la sentencia, el sorprendente interés de la prensa por una “no noticia” y el duro tratamiento penitenciario que me esperaba con la inmediata clasificación en régimen EIV  .
                         
Es difícil alejarse de la convicción que el guión estaba ya escrito, que la historia había sido ya narrada antes que la secuencia de los hechos acabara en la realidad de hecho. Que poderes de diversa naturaleza converjan o se combinen entre ellos para dar vida a acciones dotadas de mayores atribuciones y capacidad operativa, no es un fenómeno nuevo o inédito.


La novedad reside en la constitución de una estructura exclusiva de gobierno cuya sustancia viene replicada en las diversas formas que la contienen. Pensemos, por ejemplo, al “imperium” del cual está investido el Comité Provincial para el orden y la Seguridad y el rol que juega en el gobierno de la ciudad y de los ciudadanos.
Es verdad por lo tanto, que a esta neocorporación de los poderes públicos y sujetos institucionales (Prefecto, alcalde, jefes de policía, procurador de la republica, representantes de las asociaciones comerciales y emprendedores) no le gustan las apariencias o las exhibiciones teatrales; rechaza las formas y las denominaciones confeccionadas con este fin. Prefiere la penumbra de los pasillos de los palacios del poder o la discreción de las oficinas privadas, en las cuales se establecen las líneas de actuación política y se toman decisiones relativas a la aplicación de las distintas fases programadas.


Si hasta ayer la policía y la magistratura eran fuerzas organizadas del Estado y de lo privado para tutelar el dominio político y económico de las clases dirigentes, hoy se han convertido a sí mismos en agentes políticos que informan y organizan la sociedad según las coordinadas recavadas, bajo la particular visión del mundo que promueven.  


Tal vez puede parecer ocioso indicar el origen etimológico de la palabra “policía”. Curiosamente es idéntico a “política” de latín politia y del griego politeia, es decir la ciencia o el arte de gobernar. Solo con la revolución francesa el término “policía” es utilizado para definir a la autoridad cuyo ámbito se dedica al mantenimiento del orden público. Al parecer, la policía, lejos de conservar las competencias específicas atribuidas por la modernidad, habría recuperado las funciones originarias del ejercicio de los poderes públicos con el fin de fundar un orden lineal y perpetuo.  
El acentuamiento y la fusión de poderes es una necesidad imprescindible que responde a las exigencias dictadas por los momentos de crisis estructural y hegemónica. Esta crisis es fácilmente verificable en el deterioro y empobrecimiento de las condiciones de vida de partes de las población cada vez más bastas, sobre el frente interno y del lodo afgano e iraquí que pone en evidencia la derrota estratégico-política y militar de las fuerzas imperialistas de ocupación occidentales sobre el mundo.


Cuando la clase dirigente no consigue absolver los compromisos tomados, los gobernantes pierden la fe y comienzan a disertar las instituciones. La respuesta a la crisis de hegemonía viene dada por la implementación de un nuevo centro de poder, que se establece a sí mismo como un organismo en continuo movimiento capaz de absorber y atar a sí misma a toda la sociedad, asimilándola a sus modelos y a su lenguaje. Esto puede pasar y pasa en el momento en el que la clase política en cuanto tal, está más ocupada  en defender y tutelar sus privilegios de casta, que en practicar las virtudes públicas, como es de nobles ideales y grandes objetivos, que ponen  en el centro de interés al hombre, su bienestar y su felicidad. La actividad política se reduce a una mera administración del presente, como si de la gestión de un condominio se tratase.


He aquí que el vacío dejado por la deserción de la política de la sociedad civil es ocupado prepotentemente por este híbrido órgano de gobierno cuyos poderes son devueltos prevalentemente a magistrados y policías, que gozan de amplias prerrogativas discrecionales y decisionales, disponen de un proyecto político preciso fundado en la ley y el orden, se adhieren a una visión del mundo maniqueísta y naturalmente intervienen políticamente en la vida pública con los instrumentos que le son propios, cabe decir: las porras, las pistolas de reglamento, el código penal y la producción jurisprudencial.

De frente a este transferencia de competencias y residuos de la política tradicional, no pueden formalizar las mutadas condiciones y adecuarse a ellas. La aparición en la escena política de la figura del alcalde-sheriff - la ciudad de Bolonia es una innoble pionera-es el resultado teratógeno de esta nueva condensación de poderes con deberes de gobierno.  La constitución de oligarquías corporativistas en todos los campos de las tareas humanas, demuestra como el fascismo no ha sido una etapa histórica accidental, sino en realidad una necesidad, cada vez que las crisis estructurales lo requieran.
Más en general, estamos asistiendo a una reorganización del poder que implica sea a los estados nacionales que a las estructuras supranacionales y roza todos los ámbitos del dominio social, político y económico con la formación de corporaciones que se constituyen fuera y por encima de cualquier proceso democrático. Se abren así las puertas a un totalitarismo de nuevo orden.


Habeas Corpus?


Consideraciones totalmente de otro orden toman idea de la aseverada institucionalización de la tortura que ha recobrado o tal vez nunca ha abandonado, una mortal centralidad en la acción represiva.
El trato de tal argumento no tiene valor de denuncia que, sea dicho de paso, no serviría para nada, pero se propone de poner en evidencia qué pasa cuando el príncipe viste el uniforme del policía y se endosa la toga del juez.

Sin molestar a los numerosos testimonios de aquellos que han sufrido el suplicio de la tortura sobre sus propias carnes, desgarradas por los brutales métodos e instrumentos de tormento, querría detenerme sobre el aspecto cotidiano de la acción de la policía, conocida por todos y fácilmente verificable por cualquiera: la detención policial.


Cuando la policía detiene a un individuo por un motivo cualquiera, éste es encerrado en una habitación de seguridad de una comisaría o un cuartel. El impacto que produce sobre el arrestado el contacto con estas habitaciones de seguridad es de las más violentas y angustiosas. Pequeñas, sucias, frías, iluminadas por una irritante luz artificial, las pareces llenas de indescifrables jeroglíficos pintados con sangre humana, una desgarrada y maloliente manta tirada al suelo o la falta de alimento, son señales tangibles del ultraje repetido a la persona, son el monumento que celebra los 365 días del año los derechos humanos. Esta situación puede prolongarse hasta 48 horas, en el transcurso de las cuales, se es puesto a disposición de las autoridades judiciales. No hace falta describir en qué condiciones psicofísicas el detenido llega ante el juez.


A primera vista el fin perseguido debería ser el de anular la voluntad y de vencer la resistencia del acusado para impedirle ejercitar plenamente el derecho a una defensa, según su razonado juicio, bajo la tutela de sus propios intereses. Pero el reconocimiento jurídico de la facultad de no responder, pone al abrigo de un uso instrumental ilegítimo de la propia palabra aniquilando la motivación inicial. Parece que el único efecto buscado y deseado sea el de inflingir sufrimiento e incomodidad gratuitamente.


Hay dos principios fundamentales de los que se sirve la policía y la magistratura para convertir la tortura, el abuso y la vejación en prácticas consolidadas y habituales. El primero es un término que he mutado de la lengua española “indefensión” traducido como “indifensione” ya que expresa de forma irrevocable el concepto que aquí se quiere explicar. El segundo es la impunidad.  La indefensión, no esta caracterizada solo por la ineficacia de los institutos jurídicos dispuestos para la defensa del imputado frente a la acción penal del estado, sino también por la negación de la verdad que no se puede impugnar. ¿Cómo se obtiene este resultado?  


En España, por ejemplo, la tortura es un fenómeno ya consuetudinario en las comisarías, cuarteles y cárceles. Los tribunales están saturados de continuas denuncias depositadas por las numerosas víctimas de tratamientos degradantes y ofensivos para la dignidad humana, ampliamente documentados por informes médicos, fotografías, testimonios directos y otros.  Los jueces conscientes de ello, para salir del aprieto, llevan a término un inverosímil juego de prestidigitación; establecen en las sentencias que en “la grande e indivisible España” la tortura no existe y no puede existir porque la ley (sic! ) no la prevé echando para atrás así al autor de la denuncia formulada, insinuando que el verdadero motivo no declarado de aquellos que denuncian los abusos sufridos es el de faltar al buen nombre de la nación.

Un buen amigo asesinado por la cárcel, uno de los más despiadados lugares de tortura y muerte, observaba con una increíble lucidez como los muros de las cárceles no sirven para separar de la sociedad que nos encierra sino para impedir que la sociedad vea lo que ocurre en su interior.  


En Italia se va más allá. La magistratura italiana es un clan cuyos miembros están vinculados por el principio de mutua asistencia y el principio de complicidad. Los jueces saben en virtud de aquello que ven, acusan a cagione de aquello que escuchan. Ven en las patéticas condiciones que son conducidos los arrestados para declarar ante ellos; oyen los lamentos de aquellos a los cuales “el demiurgo de la larga capa negra” dispensará justicia y se complacen. Su silencio cómplice, es tan criminal como los brutales métodos de la policía.


El juez italiano es un hábil mistificador. En la fase de reconstrucción de los hechos procesales, los hace aparecer en escena sobre una secuencia que mana de su personalísima imaginación, pero no por ello la priva de sugestión y coherencia; asigna una máscara a cada personaje y cuenta un cuento, a veces cautivador, que todo refleja en la realidad de los hechos. Para alcanzar el efecto deseado se sirve de elegantes eufemismos que enriquecen la prosa- El ejercicio de la tortura practicada por los funcionarios de la seguridad pública lo llama “excesivo esmero en el desarrollo de las funciones propias” el asesinato de personas desarmadas e indefensas a manos de las fuerzas del orden las justifica como “golpe accidental producido por el arma reglamentaria con herida provocada por la fatal desviación de la trayectoria de la ojiva”; cuando un individuo es señalado por el Estado como enemigo irreductible a eliminar cueste lo que cueste, se le coloca en la frente el cárcel de “…sujeto socialmente peligroso” y basta. A todo esto se le llama “Estado de derecho”.


El otro aspecto considerado es la impunidad. En efecto, no existe ningún dispositivo ni civil ni penal, que sancione el mal proceder de un magistrado. Estos pueden violar normas, códigos, procedimientos; pueden adulterar la verdad, inventarse prove ex nihilo , dar cobertura legal a la tortura, condenar inocentes sin que derive la mínima consecuencia. Todo les es consentido porque estos no sólo son sólo intérpretes de la ley, sino que para la concurrencia, es también legislador.  


La actividad principal de los magistrados y de la policía es la de cubrirse las espaldas recíprocamente para poder continuar cometiendo toda clase de infamias impunemente. Con una pérfida circonspencción entierran sus errores antes de que el olor se vuelva nauseabundo. El aspecto alarmante de la tortura institucionalizada consiste en el hecho que si en tiempos, tenía como fin la obtención de la madre de todas las pruebas, es decir la confesión y la admisión de la culpa del acusado, ahora se aplica por puro sadismo sin otro fin que el de inflingir sufrimiento a quien la padece.

Sicofanti


En los últimos años se han verificado numerosas operaciones que han implicado a decenas de anarquistas, objeto de las más variadas acusaciones, muchas de las cuales con el agravante de terrorismo y subversión al orden democrático. Estas operaciones, normalmente no tienen una razón persecutoria y castigadora como podría parecer a primera vista, sino principalmente investigadora. En un sumario examen de las actuaciones conducidas por la policía política italiana a los daños de subjetividad y grupos de movimiento se repara inmediatamente en la pobreza de los fundamentos acusatorios a los cuales falta el elemento fundamental: la prueba cierta de la responsabilidad más allá de cualquier duda razonable. En otros casos se ha verificado una desproporción exagerada entre los hechos incriminatorios y las acciones penales aplicadas, causando aberraciones jurídicas que harían palidecer al más frocaiolo giustizialista.  


El objetivo es el de difundir rabia e indignación entre aquellos grupos e individualidades que, con los arrestados, comparten y participan del mismo espacio político, socializador y afectivo con el fin de provocar las reacciones, razonadas o no, que sean, las cuales serán inmediatamente captadas por la actividad de seguimiento de la policía; serán registrados los movimientos, las pulsaciones, y los cambios de temperatura.

En el 2005, encontrándome recluido en la cárcel de “Le Sughere” de Livorno, vinieron a hacerme una visita dos funcionarios de la antiterrorista, cuyos nombres por el momento no quiero recordar, autorizados por decreto del ahora ministro de interior Pisanu.


Estas “charlas investigadoras” con los presos presuntamente vinculados a grupos o movimientos que ejercitan violencia política, perseguían el objetivo de obtener alguna información útil para las investigaciones en curso, relativas a los grupos de proveniencia y tal vez, porque no, tentar una vergonzosa colaboración.
Se sabe que la condición de rehén concede al secuestrador –el estado- el derecho de propiedad sobre el prisionero despojándolo de los atributos humanos y convirtiéndolo en objeto. Acabado el proceso de cosificación el secuestrado puede ser empleado según las exigencias requeridas: como mercancía de intercambio, como medio de recompensa, para alimentar o levantar una alarma social ficticia, para incrementar las estadísticas sobre los suicidios en la cárcel. Puede también ocurrir de encontrarse sentado de frente a dos procuradores de infamias.


Pero Caserio hace el panadero y no el espía. Es esta nuestra grandeza: nuestra dignidad, nuestra honestidad y nuestro orgullo no se encuentran en el mercado.  
Pero esta desesperada búsqueda de informadores, colaboradores y confidentes, denota la incapacidad de los expertos investigadores italianos de proceder a la resolución de hechos criminales a través de aquellas técnicas genuinamente científicas de las cuales deberían haber desarrollado competencias especialísticas inigualables.


Si hay algo que demuestran los numerosos hechos de crónicas, con las cuales los buitres de la información confeccionan servicios periodísticos cargados de ficción narrativa para dar de comer al pueblo hambriento de espectáculo, es precisamente esta incapacidad que muchas veces llega al límite de la inaptitud y el ridículo.
Por otro lado el alto porcentaje de delitos que quedan irresueltos representa el dato más explicito. El único instrumento que se adecua a la profesionalidad de los investigadores italianos es el arrepentimiento nutrido de una abundante normativa que lo disciplina y encoraja.  


La ley sobre los colaboradores con la justicia rechaza la relación delito-pena premiando con la impunidad a los delatores y castigando duramente la coherencia de quien permanece fiel a sí mismo. Los tribunales italianos usan y manipulan a su gusto a los chivatos para construir la prueba de culpabilidad (a veces la única) a través de las declaraciones que en la mayor parte de los casos se revelan increíbles e inválidas por sus propias contradicciones y falsedad.


El fenómeno del arrepentimiento deriva del desarrollo histórico de la lucha de clases. No pudiendo resolver el conflicto de clases sin subvertir el propio orden democrático, el estado intenta incorporar en si mismo aquellas subjetividades adherentes a organizaciones o grupos altamente disueltos y hostiles, ofreciéndoles ventajosas y confortables condiciones de vida, a las cuales es difícil resistirse si se es carente de una sólida y madura formación cultural e ideológica. En las relaciones de fuerza, este transfuguismo, esta transacción de fuera de la ley a la legalidad del estado potencia las clases dirigentes y debilita las clases subalternas afirmando de este modo la supremacía y la subyugación de los gobernantes. Pero en la situación actual en la que la fuerza de la clase dominante es infinitamente superior a la de las clases antagonistas, la guerra que un tiempo se proponía como de clases, hoy se presenta como un verdadero juego a la masacre donde los ricos disparan y los pobres reciben en sus pechos desnudos el hierro de las balas
Después de la ejecución de estado de un presunto exponente de la mafia siciliana, el Ministro de interior Giuliano Amato, en una declaración a la prensa se congratulaba con los asesinos de este hombre argumentando que “ahora hay un mafioso menos en circulación” (La Repubblica, 4/12/07) Me pregunto si en la tierra de los papas, de la proclamación urbi e torbi de la sacralidad de la vida, de la condena de la eutanasia, de las cruzadas contra el aborto, de la moratoria universal sobre la pena de muerte, un mierda como Giuliano Amato puede permitirse aplaudir y celebrar la muerte violenta de un ser humano. Naturalmente esto es simplemente otra anécdota que sirve de ejemplo al grado de hipocresía que esconde el sentimiento y la razón de esta sociedad.


Puede suceder que canallas como yo, para defender la propia libertad o la vida de ataques externos o tal vez poseídos por la locura, causamos daños, a veces irreversibles a cosas o personas que se oponen a nuestro camino, pero, quien arresta, persigue, tortura, encarcela, asesina y amenaza a la comunidad con aplicar idénticos tratamientos a cualquier conducta desobediente practica terrorismo.


Con las armas en la mano


Los años pasados en el vientre de la bestia me han puesto en la condición de conocer a fondo la represión, las cuestiones procesales y las penitenciarias, el derecho y el abuso, el buen sentido y la legalidad, la banal reiteración del acto burocrático y la arbitrariedad de las reglas.
No podía imaginar, sin embargo, como había cambiado la vida en el mundo. Nuevas necesidades, nuevos consumos, antiguos hábitos y renovadas preocupaciones forman una composición discrasica que hace a la sociedad irreconocible para quien, como yo, ha estado separado de la sociedad un largo periodo de tiempo. Rápidamente aquello que en mi imaginario se había dibujado en modo confuso y desconectado empezaba a asumir, a mis ojos, contornos siempre más claros y nítidos, revelando el peso y la consistencia de las transformaciones sociales.
La cosa que más me ha impresionado ha sido tomar conciencia de la cantidad de gente que lucha por sobrevivir. Sin duda los modos de vida y los comportamientos de las personas se han visto obligados a adecuarse a la precarización del trabajo y a sus  desastrosos efectos; el primero la pérdida de un salario garantizado que provoca repentinos saltos de la renta individual y familiar con frecuentes oscilaciones determinadas por el estado de mercado de trabajo.  
Esta adaptación supone también un cambio en la percepción que se tiene de la vida misma. Inseguridad, desesperación, soledad, miedo, son las constantes que articulan la cotidianeidad. El progresivo proceso de pauperización que abarca a segmentos cada vez más grandes de la población excluidos del consumo de masas o cuyo acceso está consentido solo a través del artificio del crédito con el resultado de un endeudamiento siempre mayor que actúa como una soga al cuello, pone en evidencia el declive de esta sociedad incapaz ya de gestionar las crisis que atraviesan. Me pregunto si será sostenible todavía por mucho tiempo una situación así.


En los años `70 los proletarios empuñaban las armas por mucho menos. Hacer alusión insistentemente a aquella generación que por última, en orden cronológico, asaltó el cielo ; dejarme instruir por la literatura partigiana y de la resistencia antifascista -o lo que es más interrogar la fecunda experiencia que nos ha sido transmitida en herencia de los movimientos obreros y revolucionarios que en el transcurso de los siglos XIX y XX hicieron vibrar la tierra- son las malos hábitos que distinguen a un canalla como yo.  Es como si quisiera penetrar el espíritu de cada época histórica, tomar la esencia, el ritmo escondido de la razón de la pasión, de la utopía.


Cuando algo importante está por suceder, nuestra capacidad sensitiva nos lo sugiere bajo forma de alucinación, de temor o de esperanza; que se nos avecina a pasos inexorables hacia grandes trastornos sociales; que factores imponderables harán vibrar el curso de las cosas en modo inesperado e imprevisible.  No sabemos si revolución tiene como reacción. Non sappiamo se come rivoluzione a come reazione , lo único cierto es que el malestar se ha convertido en intolerable y no se vé en esta sociedad ninguna fuerza que sea capaz de mitigarlo.


La historia se ha siempre mostrado fiel al ciclo opresión-rebelión-cambio y en el estado actual no hay nada que haga esperar  una interrupción.
La actual crisis es permanente, con una prospectiva catastrófica. Nos acordamos de como el Estado  intenta gestionarla: pérdidas, confusión, disposiciones de urgencia rechazadas el día después de la entrada en vigor y sobre todo la paradoxal continuación de medidas represivas -como si estas pudieran impedir la descomposición de la civilización condenada a la muerte- son la señal inequívoca
Existe una pérfida relación entre el deterioro de la calidad de vida y el aumento de la represión. Es útil observar como trabajo y represión se desarrollan en modo de no poderlas distinguir ni diferenciar. ¿No fue la represión la que venció la resistencia de los obreros ingleses con la introducción de la máquina de vapor en las fábricas? ¿No fue el taylorismo una científica combinación de trabajo automatizado y represión programada de los obreros con el fin de reducirlos a la domesticación productiva? ¿No ha sido siempre la represión la que ha consentido el paso del trabajo garantizado al precarizado? Y todavía hoy son siempre las porras y las pistolas de reglamento, junto a las prisiones, a los CPT y los pacchetti sicurezza  , los instrumentos útiles por una lado para obligar a los trabajadores a conformarse al nuevo tipo de trabajo y proceso productivo y  a las condiciones económicas impuestas por el patrón y por otro lada para anular a aquella parte de la clase trabajadora en crecimiento, que constituye el excedente de la fuerza de trabajo y que por lo tanto no puede ser asimilada de ninguna manera. Parecen verificarse las palabras de Antonio Gramsci según las cuales: “habrá inevitablemente una selección forzada, una parte de la clase trabajadora será despiadadamente eliminada del mundo del trabajo y tal vez del mundo tout court”.


Naturalmente mi interés se concentra sobre la posibilidad real de actuación que la hipótesis revolucionario conserva en la fase histórica actual.
Cuando las cosas no van bien siempre se tienen ganas de cambios. El deseo de recomenzar la historia coincide con la espera casi escatológica de, a fuerza necesaria que sepa conducir al punto de inicio de una historia que no era y no es todavía, ejercita su poderosa fascinación de la cual es difícil escapar. “La idea de que la historia recomience de improviso desde el principio, de que este por tener lugar una historia completamente nueva, nunca vivida ni narrada hasta ahora”(Hannah Arendt).


Paradójicamente hoy hay más motivos para recorrer y reproponer la lucha armada revolucionaria que en el reciente pasado. Pero si existen condiciones objetivas, faltan absolutamente condiciones subjetivas. No existe ya una clase obrera ilustrada; falta el movimiento orgánico permanente, el sujeto colectivo crítico que consiga elaborar la conciencia histórico-social y que sepa resolver los problemas esenciales del momento.

Sería extremadamente irresponsable ignorar como en los estallidos revolucionarios de la década de los ’60-’70 siguió una feroz contrarrevolución que no se ha vuelto a repetir, al contrario, se ha convertido en irrevocable y sin solución de continuidad.
El presupuesto del hecho revolucionario radica en la irreversibilidad del proceso que ha desencadenado. Se puede hablar de revolución solo cuando se llega al punto de no retorno -hic rhodus, hic salta- y se puede llegar solamente de forma multitudinario es decir a través de la fuerza del consenso.


La precipitación de los eventos favorables a la revolución es siempre el efecto de una superioridad física, material, es más, se trata de la innegable constatación.
Pero ¿cual puede ser el polo de atracción, el centro de cohesión capaz de concentrar y coordinar las fuerzas? Algunas organizaciones armadas activas en nuestras latitudes sostienen que solo la lucha armada puede llevar a cabo el deber de galvanizar las fuerzas y dirigirlas políticamente hacia objetivos de alto valor estratégico. El análisis mueve desde la conciencia de la falta de espacios de acción política ocupados de este nuevo Tératos que confiere poderes ilimitados a magistrados y policías impidiendo el desarrollo de instancias políticas anticapitalistas en condiciones pacíficas. La violencia se convierte, por tanto, en el vehículo mediante el cual se expresa la frustración de no poder actuar de otra manera.


Pero el análisis político se debe acompañar también de la experiencia acumulada hasta el momento histórico actual. Si la sociedad es poseedora del espíritu de la represión ¿cómo es posible comenzar un proceso de acumulación de fuerzas sin que este espíritu rompa el nacimiento de cualquier tentativa de acción revolucionaria? Los hechos demuestran como estas organizaciones han sido reducidas a una decadente lucha por la auto conservación que la convierte en inocua e impotente en el plano político.

Entonces nuestro trabajo debería ser como el de un topo, que construye el entramado bajo tierra, en modo clandestino y que sale a la superficie sólo cuando tiene la fuerza de medirse sobre el terreno de la lucha.  Es el partido o el sindicato que crece y se desarrolla en la clandestinidad en espera de convertirse en fuerza irresistible capaz de cubrir a la sociedad en un abrazo totalizador. "One big union" gritaban los Industrial Workers of the World. Sería así si existiera aún una clase homogénea son intereses uniformes, problemáticas compartidas y procedimientos unánimes.


Pero el poder dominante no ha permanecido mano sobre mano a observar inmóvil como se estaban amalgamando las fuerzas sociales que habrían significado su negación sino que ha intervenido enérgicamente fraccionando en unidades infinitesimales las necesidades y los intereses del proletariado y los ha contrapuesto desencadenando una lucha fraticida. A la ya histórica guerra de los pobres contra los ricos es necesario añadir la que enfrenta al pobre contra el pobre.


Predicadas las utopías, enterradas la cultura de clases, la aspiración a la felicidad y a la libertad pública, el mundo se ha convertido en un coágulo de dolor y sufrimiento físico y psíquico. La ambivalencia entre realidad dolorosa y deseo de fuga y de destitución de las causas que las presiden pone en el centro de interés la necesidad de dar una definición a la indeterminación de los caminos de liberación.
Si el fuera de si del hombre es invadido del vigilante control de la represión entonces la fuerda de reunir a la multitud y mobilizarla revolucionariamente deverá ser buscada forzosamente por cosas en sí.


Rousseau indicó dos fuerzas que caracterizan la naturaleza humana: la pasión y la capacidad de sufrir y la compasión, es decir, la capacidad de sufrir con los otros. La capacidad de comunicar el propio sufrimiento y de comprender el de los otros empuja directamente de la esfera de los sentimientos, de las emociones, es decir de la sublimación de la interioridad del hombre. El grado de empatía establece y refuerza el lazo natural entre los hombres.


Cuando el sufrimiento actúa se transforma en rabia, la compasión en solidaridad. Y el sufrimiento una voz transformado en rabia puede desencadenar fuerzas devastadoras. Realmente, no es la compasión que se lanza en la acción para cambiar las condiciones del mundo con el fin de aliviar los sufrimientos humanos “pero si hace rechaza los procesos de la ley y de la política y presta su voz a los mismos hombres que sufren y que deben pretender una acción veloz y directa, esto es, la acción por medio de la violencia”(Arendt)

Si piensas en el exordio de la Revolución Francesa. La acción inicial de los revolucionarios parisinos no se concentró sobre los graneros, la propiedad de los medios de producción o las lujosas mansiones de los nobles, sino que hicieron irrupción en el recinto de la cárcel de la ciudad con el propósito de tirarla abajo. La Bastilla no era sólo un símbolo de la opresión sino que era un lugar físico, concreto, tangible donde en el infinito tiempo carcelario se consumía y reproducía la aflicción de los seres humanos. En un cierto momento los gruesos muros de las cárceles no fueron capaces de contener el sufrimiento del pueblo francés. E aquí por qué cuando el rey Luis XVI exclamó: “esto es una revuelta” su secretario le respondió: “no alteza, es una revolución”. Esta violencia, decíamos, que explota y rápidamente alcanza el objetivo final es la única que puede ser calificada como auténticamente revolucionaria.


Que vengan por tanto las porras, las torturas, las penas interminables, los CPT, los infortunios y las muertes en el trabajo, en las calles, entre las paredes de los hogares de la psicótica cotidianeidad. Cuando nos toque a nosotros reventaremos todo lo que causa un inútil sufrimiento y borraremos el vil recuerdo.


Mediterraneo


En  una ocasión me encontraba en el estadio para asistir a un torneo de fútbol cuando los hinchas en coro comenzaron a entonar: “NOSOTROS NO SOMOS POLICIAS”. Cualquiera es capaz de tomar el significado y las implicaciones que contiene esta frase. Nosotros no somos policías no tiene solamente un significado negativo y esto no quiere decir que nosotros no espiamos la vida de la gente, nosotros no cometemos abusos y prevaricaciones fuertes de la superioridad numérica, nosotros no hacemos del sospechoso y de delación nuestras reglas de vida, sino que también es un grito de deslegitimación de la autoridad constituida.
El reestablecimiento de la crisis del principio de autoridad en fase de agravación conduce inevitablemente al momento en el cual la multitud, simultáneamente e unánimemente, decide de no obedecer más. El proceso de deslegitimación restituye el poder originario al individuo cedido coactivamente al príncipe y lo pone en la condición de actuar ilimitadamente. Esta ilimitabilidad, no es dada de la simple potencia sino del espacio público donde los hombres se reúnen y se atan entre ellos con promesas, acuerdos y empeños recíprocos.


Cuando se habla de revolución cualquier argumento resulta insuficiente, inadecuado. Es un concepto extraordinariamente amplio, es una hipótesis que no puede ser definida teóricamente una vez por todas, refractaria como es a las rígidas reglas de la lógica. Indeterminación, impredecibilidad, variantes desconocidas, potencia misteriosa e incontrolable son los únicos sustantivos aplicables a la revolución. No obstante todos los esfuerzos por traducir la imaginación en praxis, no es nunca posible suprimir el riesgo de “seguir a un fantasma y abrazar una desilusión”. (Mumford Jones).

¿Realidad o delirio? ¿Posible o improbable? ¿Ahora o nunca?
El conocimiento de tales irrepetibles grandezas no líquida en absoluto la cuestión. Numerosos son los problemas teóricos y prácticos que reclaman soluciones convincentes. También si la pasión y la compasión fueran en grado, ellas solas, de constituir el sujeto revolucionario, éstos no podrían actuar sin haber elaborado previamente un proyecto compatible con la falibilidad y la fragilidad humana y esto es privado de irreversibilidad pero mutable bajo el constante impulso de los tiempos y de las circunstancias. Y más aún la superación de la representación, la modalidad de participación directa a la vida publica, la abolición de la explotación, la aplicación de nuevos modos de producción y reproducción de la vida.

¿Se puede hablar ahora o son temas para mandar inevitablemente a un tiempo y espacio indefinido? A mi modesto parecer, la palabra debe ser restituida a la colectividad humana recosida a los jirones que la mantienen disgregada, que en su ininterrumpido discutir, confrontarse, experimentar individuos y reconocer los problemas y convoca a todos a resolverlos.
La revolución necesita consenso. La parcialidad, los particularismos sectarios del grupo auto referencial son útiles solo para alejar todavía más el peligro revolucionario.


Mi invitación se dirige a todos indistintamente, se limita a una simple, clara exhortación: comencemos a hablar de que queremos, como lo queremos y en que modo pretendemos obtenerlo.
Abrir una fase de clarificación extendida a todas las subjetividades individuales y colectivas antagonistas al actual estado de cosas es necesario si el fin perseguido es aquel de relanzar la praxis revolucionaria partiendo de la fundación de un nuevo inicio. Entre el punto de partida y el objetivo final se distribuyen en una rápida sucesión objetivos parciales que deben ser alcanzados y superados. En la capacidad de señalar los verdaderos objetivos, aquellos consustanciales al funcionamiento del sistema, y de convertir cada lucha en un suceso, reside la fuerza y la posibilidad de crecimiento del movimiento en devenir.  


Es necesario individuar el espacio en el cual arrancar este deseado proceso de clarificación es decir establecer el campo de confrontación y de la discusión. Navegando entre los recuerdos del compañero catalán Luis Andres Edo formidablemente trenzados en las memorias: “La CNT en la encrucijada” me he topado con una definición que ha capturado poderosamente mi atención. Luis A Edo cuenta como, en huída de a represión franquista en España, fué a parar a Paris donde encontró el Mediterráneo. ¿A qué se refiere? Los supersticiosos de la formación política y sindicales revolucionarios españoles envueltos en la desigual guerra contra el nacional-catolicismo de Francisco Franco sostenido por los más temidos regimenes totalitarios alemán e italiano se exiliaron a Francia con el propósito de recomponer las fuerzas y organizar la resistencia antifranquista.

Los exiliados españoles dieron vida a numerosas asambleas diseminadas en las mayores localidades francesas, es decir fundaron espacios de encuentro y de discusión abierta a todos los antifranquistas con el fin de articular respuesta a la pregunta: ¿Qué hacer? El asamblearismo funcionó como método exclusivo de formaciones militantes tanto en el plano teórico como en el práctico. La asamblea era el foro en el cual las ideas encontraban una legítima formulación sometidas a la implacable crítica del debate público pero hacía las veces también de núcleo deliberativo que promovía e invitaba a la acción.  


En otras palabras los combatientes españoles exiliados descubrieron en el asamblearismo un enérgico instrumento revolucionario que expresaba su identidad, su ser y sentir revolucionario en cualquier parte del mundo; descubrieron el Mediterráneo. Pero ¿fue la asamblea un fenómeno exclusivamente español contextual a las particulares condiciones políticas de la época?
Sin ir más allá de la investigación histórica he recorrido marcha atrás la memoria –esta vez la mía-a la búsqueda de similitudes también hipotéticas en mis experiencias y he encontrado la asamblea por todas partes. En las escuelas, en las universidades ocupadas, en los centros sociales, en las luchas sindicales obreras, en las prisiones, en el Val de Susa, en Vicenza y en los municipios de Nápoles sepultados por la basura. A cada incipiente proceso de lucha, la asamblea se presenta desde el principio como un ámbito natural en encuentro, de discusión y de decisión
El perfume del Mediterráneo penetra irresistiblemente en nuestros cuerpos, en nuestras mentes u se insinúa intuitivamente en nuestras formas de actuar.
Reelaborar el concepto y la práctica de la asamblea significa establecer un hilo de continuidad, lanzar un cabo entre el pasado y el presente recuperando todo aquello positivo que ha producido el movimiento revolucionario local e internacional.
El asamblearismo contiene en sí la superación de la representatividad y del autoritarismo. En un cierto sentido la asamblea sería el elemento fundamental y constitutivo de la nueva sociedad, que la forma y la instruye. Para usar un lenguaje típicamente judicial se puede decir que interpreta la función de mandante y ejecutor material del mundo que hemos conseguido imaginar. Luis A. Edo propone el transito de la democracia (autoridad del pueblo) a la democracia (pueblo antiautoritario) en el cual se identifica el asamblearismo exento de la paquidérmica rigidez de las estructuras organizativas que en cuanto tales contienen el germen del autoritarismo y que debería representar, sin embargo, el libre fluir de la vida, el movimiento de la vida, el movimiento inconstante y ondulatorio de de los caminos de libertad y de liberación.


Por la abolición de la cadena perpetua
Por la abolición de las penas
Por la abolición de las cárceles

Terminado de escribir en el mes de Enero del año 2008 en la cárcel de “La Dozza” Bolonia.
Michele Pontolillo

 

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